¡Las leyendas nunca mueren! Y al menos es esta frase a la que nos tenemos que aferrar para llegar a asimilar lo ocurrido este 26 de enero de 2020.

El año comienza feroz para el mundo del basquetbol y del deporte mundial, hoy el destino sacó del retiro a Kobe Bryant a los 41 años de edad para liderar el equipo de estrellas de la otra vida. Acá, en la Tierra, jamás retiraremos el emblemático #24 de nuestros corazones.

Se puede resumir a la Mamba Negra por sus estadísticas: 20 años excelsos de carrera, 5 títulos de NBA, 1 MVP, 2 MVP de NBA Finals, 18 All Star Games, 4 MVP All Star Games, 2 medallas olímpicas, 2 números retirados (8 y 24), un juego de 81 puntos, 60 puntos en su juego de retiro vs Jazz, líder anotador de los Lakers de todos los tiempos, 1 Academy Award, entre otros. Yo prefiero mantener su legado con dos palabras: Mamba Mentality, estas que hicieron que lo primero fuera circunstancial.

Esta mentalidad englobaba nivel de competitividad, talento natural, liderazgo, fidelidad, valores, persistencia, disciplina y amor al juego como principales elementos. Esta mentalidad logro que el mundo del deporte lo realce a escalones donde sólo grandes atletas han pisado. Esta mentalidad pone en discusión en incontables reuniones de aficionados y expertos las tres preguntas que más respeto le otorgan: ¿El más grande laker de toda la historia?, ¿Más grande que su ídolo Michael Jordan y su mejor amigo LeBron James? y ¿Qué lugar ocupa en la historia de la NBA?.

En lo personal, comencé a amar este deporte en lo más alto de su carrera, cuando yo tenía 14 años de edad, y el ser fanático de los Spurs de San Antonio significaba para mi tener que afrontar varios descalabros de mano de Kobe Bryant. Sí, llegué a odiarlo; pero ese odio con respeto que hace que jamás te olvides de él, que hace que quieras aprender cada uno de sus movimientos como si pudieras entrar a gritarle a tu equipo que hará para que lo marquen. Obvio, el tipo era indescifrable. Ese odio que producía en mi a la larga que disfrute sus victorias. Ese odio que me hacía coleccionar todo lo que llevara su nombre en señal de ejemplo, porque cuando dejaba el balón, los colores pasaban a último plano.

Mucho le agradezco a Kobe Bryant. Crecer en este deporte viéndolo semana a semana es de lo mejor que me pudo pasar. Algún día, en los próximos años, le enseñaré a mi hijo con orgullo sus videos dentro de la duela, pero sobretodo, fuera de ella, el terreno que más dominaba.

Hace un año dejó un poema titulado “Dear Basketball”, donde enaltecía y se despedía de su pasión más amada, que incluso lo llevó a ganar un Óscar como corto animado; lo que jamás imaginó, es que su legado, hoy, nos está quedando a todos como un poema a la vida. Créeme, estas palabras que te dedico no son suficientes ni se comparan con lo eterno que serás para este mundo llamado deporte. Descansa en paz, Kobe Bryant.

Por Gael Medina Torres | @gael_mt